Hoy es miércoles. La semana avanza rápido aunque yo estoy muy espesa y bastante descentrada. Ayer fue un día curioso, sorprendente, de cosas inesperadas, pero, no todo contable. Fui, como todos los días, a comer a casa de mis padres. Tenia una carta de la universidad donde estudié. Justo antes de las vacaciones de Semana Santa recibí otra en la que amablemente me decían que en sus archivos no contaba que había presentado mi memoria del CAP ni había solicitado el título y que si no lo hacía antes de septiembre de este año, el próximo curso pasaría a ser un Master de dos años. Primeramente aluciné con lo que leía y, aunque sabía perfectamente que era un error informático/humano, quien iba a tener que dar mil vueltas para arreglarlo era yo, eso estaba claro. El primer problema es que yo presenté esa memoria hace 14 años, que es cuando acabé la carrera, y obviamente, el papelito que certifica tal título, no es algo que tenga a mano así que me iba a tener que poner a revolver papeles. Decidí dejarlo para la vuelta de las vacaciones y hacerlo con tranquilidad. Afortunadamente, no he tenido que hacer nada; ayer me llegó otra carta pidiendo perdón por el error y diciendo que mi documentación está en orden. La pregunta es : ¿qué hubiera pasado si el error informático que ellos dicen no hubiera sido subsanado? Esta claro que mucha informática, pero al final, lo que vale para probar cualquier cosa es el soporte impreso en papel de toda la vida. Supongo que he tenido suerte de que haya sido ese título y no , por ejemplo, el de mi licenciatura, el que haya sufrido el “error informático”, pero bueno, supongo que la lección aprendida es simple: hay que guardar muy bien todos los papeles importantes, no vaya a ser que alguien patoso de a un botón y haga que ya no tengamos lo que tenemos.
Vamos a por el dos. Ayer tocaron al timbre de mi casa y, pensando que eran mis padres con mi sobrino a hacerme una visita, abrí sin preguntar y ataviada con mi atuendo casero: vaqueros muy desgastados y una camiseta. Al abrir la puerta veo que no es mi familia, sino dos chicas muy jovencitas de entre 18 y 20 años quienes están enfrente:
-“Hola”,
-“Hola”.
- ¿Están tus padres?
- No, no están. Viven en su casa. Yo soy la dueña.
- ¿Tú? ¡Pero si eres muy jovencita! Perdona.
- No pasa nada ..blablablabla
Joven, creo que sí soy. Jovencita, creo que ya no. Que tienen que ir al oculista las dos niñas, fijo. Y es que por muchos años que me hayan quitado, tengo 37 años, y aunque es cierto que aparento bastantes menos… ¿Cuántos se consideran aceptables para poder decir que tu eres la dueña de una casa? Siendo sincera no es la primera vez que vivo una situación surrealista por causa de la diferencia que parece existir entre mi edad real y la que aparento, pero, yo pensaba que con los años iba a dejar de pasarme. En fin, cosas de la genética familiar. ¿Me dejarán jubilarme con 65 años o tendré que esperar a aparentarlos? ¿Me dirá alguna vez alguna mujer que soy una madurita interesante?
Y llegamos al tres. El lunes hice acto de presencia en casa de mis padres después de muchos días sin verles y encontré que había comida familiar. Mi sitio, como siempre, al lado de mi sobrino, para compartir una comida nada adulta y muchas risas. Cuando terminamos de comer, a jugar corriendo por toda la casa para bajar bien la comida y hacer una digestión adecuada. Jugábamos con unas pistolas de bola y yo le perseguía por el pasillo para darle.
- Si te doy, me das un beso.- El se para y me dice:
- No, Tata. Si yo te doy, te doy un beso y si tú me das, me das un beso.
- Vale- le digo yo.
- Pero yo primero Tata. Y sólo puede dar beso quien tenga la pistola en la mano.
- Vale, cariño. ¿Dónde me quieres dar?.....
Mi pistola fue pasando por toda la familia y mi sobrino nos regaló besos a todos como parte de las reglas de un juego que él había cambiado. Me reí mucho. Siempre nos lo pasamos muy bien jugando los dos juntos. Y me di cuenta de que los adultos siempre ponemos las reglas para beneficio propio; los niños, en su bondad e ingenuidad, las cambian para hacer felices a los demás y son ellos mismos felices. Si pudiera existir un modo de que nunca cambiase esa parte según nos hacemos adultos, los científicos deberían investigarlo. Una vez más, un pequeñajo de 3 años me ha dado una lección como persona. Ojalá no creciese nunca.